Los días siguientes su vida cambió sutilmente. En el trabajo, personas hablaron con más cautela; en el mercado, un conocido dejó de mirarlo a los ojos. Cada vez que abría el archivo, la sensación de complicidad crecía. No tardó en llegar una nueva notificación de LaSombra: “Siéntete afortunado. Compartirlo cuesta.” No pidieron dinero, sino discreción.
Aquí está la cruda realidad: